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En Albacete, existe la tradición de vender la navaja, nunca regalarla. Se piensa que regalar una navaja puede cortar la amistad. Así, cuando quieres “regalar” una navaja, le pides a la otra persona una moneda de pequeño valor. En ese momento, ya es venta.

En una taberna, de barrio, un viejo está sentado en la mesa, y realiza un sencillo cálculo, un cálculo vital, solamente humano. Un cálculo que decide la profundidad de los valles. Son los kilómetros que lo separan de sus seres únicamente queridos (mujer, hijos, padres, hermanos), cada uno, en el caso del viejo, en un lugar distinto, en ese instante. Y cuando hace el cálculo, cuando comprende realmente todos los kilómetros que componen ese lugar donde en ese momento respira, el viejo clava su navaja encima de la mesa. Así es como empieza una emoción.

La navaja tiene filo. El filo corta. Y los cortes pueden ser más o menos superficiales. Muy profundos. Pueden dejar una huella, física, y en el recuerdo. La tememos, somos supersticiosos co…